
"Tienes que perdonar estas cosas (con cosas me estaba refiriendo a comentario tras comentario de resentimiento) pero a veces me descubro a mí mismo hablando y comportándome como con él, es decir, como un capullo neurótico que es en lo que me convertí por su culpa, yo pensaba que eso de que hay personas que te marcan, te hacen cicatrices, esas personas que te quedan lisiado no existían, pero parece que sí, y me da tanta rabia que eso me estrope amigos tan "chulos" y que de verdad siento que van a ser buenos para mí como tú".
Estracto de una conversación en la que mi desconfianza se ha retorcido dolorida y asustada, aunque bueno se mantiene tranquila, sabe perfectamente que voy a alimentarla, cuidarla, cerrar sus heridas, limpiar las infecciones y apuntarla a rehabilitación para que esté en plena forma la próxima vez que alguien muestre el más mínimo interés por mis bien alimentadas ojeras (siguen una saludable dieta de noche tras noche de aturdidas horas de contemplación de mí mismo y de las luces pálidas y adormecidas de todas esas posibles "felicidades" que he conseguido ahogar en la bañera).
Necesito un hombre de paja a mi servicio, con sombrero y sonrisa diabólica, con encendido automático que apalée los recuerdos envenenados con cicuta, eso sí, esta vez, nada de contratar a un sin papeles con la paja podrida.
Una nueva conversación:
"Estás aquí", no sacó las manos de los bolsillos.
"Sí, algo ha cambiado", pude asegurarle.
"¿El qué?", noté como me resquebrajaba la manera en que vibraba su voz.
"Yo".